El payaso que no quería hacer reír

 Érase una vez en un circo un payaso que estaba cansado de tener que hacer reír cada día.

“Yo siempre tengo que hacer reír a los demás, pero hay días que estoy triste y no tengo ningunas ganas de hacer gracias”, pensaba el payaso de aquel circo.

“Con lo bonito que debe ser hacer de domador, o de trapecista, o de hombre forzudo, que son trabajos que igual los puedes hacer cuando estás triste o cuando estás contento”, pensaba.

Así que un día en plena representación se disfrazó de domador y se metió en la jaula de los leones. Pero, ¡ay!, cuando vio que los leones abrían aquellas bocazas con aquellos dientes tan grandes, se asustó mucho y se salió de la jaula. Entonces la gente empezó a reírse.

Entonces decidió hacer de trapecista. Pero como no tenía ni idea, cayó sobre la red y la gente otra vez sin parar de reír.

Se salió de la red y cogió unas pesas muy grandes, aquellas con dos bolas que utilizaba el hombre forzudo, y empezó a hacer  fuerza para levantarlas. Las bolas de hierro ni se movían pero él llegó a hacer tanta fuerza que le saltaron todos los botones y los pantalones se le cayeron al suelo. La gente se mondaba de risa con el payaso.

Y tanto y tanto se rieron que el payaso comprendió que lo que le salía mejor era hacer reír a los demás.

Y desde aquel día siempre hizo de payaso.

Enrique Martínez, El payaso que no hacía reír. México, SEP-Tané, 1997.

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¿Qué es lo mejor que sabes hacer? Hazlo allí donde estés y lo que estés haciendo.

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